Tous les textes du philosophe Daniel Bensaïd.

Daniel o el porvenir del pasado

français

Por Nicole Lapierre

Durante mucho tiempo Daniel Bensaïd fue reticente a la idea de escribir una libro autobiográfico. Discutimos de ello más de una vez. Yo intentaba convencerle de que había una necesidad de transmisión entre las diferentes generaciones militantes, que la experiencia de una debía ser contada a la siguiente y que, después, ésta sería libre de apropiarse de lo que le fuera útil. Él contraponía el derecho a la intimidad, satirizaba sobre el vals de los ego, desconfiaba de la ilusión biográfica, y una vez espetó : “una autobiografía es como un libro póstumo”. Un argumento que equivalía a una prohibición. Sin embargo, en 2004 escribió Una lenta impaciencia. Como precisaba él, más de un testimonio que una biografía. Pero, sobre todo, un libro vivo, personal, en el que alternaba el “yo” y el “nosotros”, los recuerdos singulares y las experiencias compartidas, para hablar de una revuelta obstinada que se prolonga en el tiempo. Después de ese libro vendrían otros, escritos con urgencia y tal vez en un sálvese-lo-que-se-pueda de la vida.

Firme en sus fidelidades y sus convicciones, Daniel era todo menos austero, y aunque la política ocupaba un lugar central en su existencia, no le devoraba. Travieso y vividor, seductor y elegante, podía pasar de la Crítica de la facultad de juzgar de Kant a L’Équipe [1], degustar la poesía o el sabor de una chuleta asada, hablar de bicis, de viajes, de novela negra o de cine, maravillarse con la atmósfera de un mercado o la dulzura de un paisaje. Curioso, atento, goloso, se mostraba gustoso y ávido de anécdotas sobre la vida de sus amigos ; él, que púdico y secreto solía esquivar las preguntas indiscretas con un sonoro y burlón “¿qué ?”. Porque Daniel formaba parte de esa clase de personas cariñosas que bajo su jovialidad, en realidad, se abrían poco ; como, por ejemplo con su enfermedad, que no la escondía pero tampoco la nombraba, como para trampear mejor con ella. En 1990 se enteró que padecía el sida y, finalmente, a la mañana del 12 de enero de 2010 le atrapó la muerte a la que llevaba esquivando durante veinte años.

Canciones rojas

Foto frente a la taberna de la familia. En el centro, de pié, el padre ; sentada a la mesa, la madre ; en el centro, la pequeña hermana mayor…

Su historia, la que le gustaba contar, comienza en la taberna familiar, el Bar de los Amigos, a la salida de Toulouse, en la carretera de Narbona. Daniel nació el 25 de marzo de 1946 en la ciudad rosa [Toulouse se conoce como la "ciudad rosa" por el ladrillo de ese color usado para la construcción de fachadas, monumentos y puentes] y en un ambiente en el que se cantaban “canciones rojas”. Por parte materna, en el panteón familiar destacaba el abuelo Hippolyte, communard [2] a los 14 años. Cada primer domingo de mayo, bajo un retrato de Jean-Baptiste Clément colgado en el comedor, la familia entonaba, a coro con el abuelo, El tiempo de las cerezas [3]. También estaba el tío Alfred, gaseado en las trincheras, que se declaró comunista en el congreso de Tours “para no volver a ver nunca más aquello”. La más joven de tres hijos, Marthe, su madre, se colocó como aprendiz de modista. En 1931, a su mayoría de edad, convertida ya en “encargada” y deseosa de descubrir mundo, marchó a trabajar a Oran. Su viaje que terminó allí, cuando encontró a quien iba a convertirse en su marido : Haim Bensaid, proveniente de una familia judía pobre de Mascara, camarero de café para poder vivir y boxeador para intentar salir del apuro. Ella tuvo que hacer frente a sus prejuicios para casarse y él colgó los guantes ; su primer hijo, una niña, nació en 1934.

Los tiempos se anunciaban sombríos. Hecho prisionero durante la “Guerra Falsa” [4], Haim se evadió y, valiéndose de un testaferro, compraron el bar tolosano. Denunciado y detenido por la Gestapo en diciembre de 1943 y enviado a Drancy [5], se salvó gracias a las obstinadas gestiones de Marthe. A diferencia de sus dos hermanos, que nunca regresaron, pudo escapar a la deportación.

En adelante, en el Bar de los Amigos, si alguien se arriesgaba a hacer la menor alusión a los judíos, el padre de Daniel sacaba del cajón su estrella amarilla y la colocaba sobre el mostrador sin decir una sola palabra. En esta familia el judaísmo era obligado. Ni creencia, ni fiestas, ni rituales : sólo una testaruda fidelidad a la memoria de los perseguidos, asociada a un orgullo belicoso frente a cualquier manifestación de antisemitismo. Marthe, identificada de buena gana con ese destino, no era la menos reivindicativa. Era una mujer fuerte, combativa, poco inclinada a preocuparse de sí misma, pero también emotiva ; a veces, cuando leía a su hijo un pasaje de Sin familia [6] o Los Miserables hasta las lágrimas.

Tan joven y ya un puntal de la taberna…

La taberna era frecuentada por una asidua clientela popular. Por la mañana, a la hora del tentempié, o por la tarde, a la hora del aperitivo, se juntaban refugiados españoles, antifascistas italianos obreros de la Onia (la futura AZF), albañiles portugueses, carteros, ferroviarios o pequeños comerciantes. El domingo cantaban al son del acordeón. La puerta entre la cocina familiar y la sala quedaba siempre abierta. “El mostrador de la taberna fue mi primera escuela y mi primer observatorio sociológico” indica Daniel. Relatos de las miserias ordinarias, recuerdos de resistencias del Sur, repertorio sabroso e impresiones festivas…, el niño no perdía un detalle. Un mundo de socialización primaria que gustaba evocar con el color de las viejas películas, a medio camino entre el neorrealismo italiano y el cine de Carné y Prévert.

Mucho más tarde, adoptó sus propias costumbres y se citaba en el Charbon, cerca de su casa en la calle Oberkampf, una neo-taberna con más atractivo que el Bar de los Amigos, una atmósfera más parisina, con más ruido de vasos y efluvios de mostrador, como una reminiscencia.

De la escuela pública a las colonias de verano

La otra escuela, que fue determinante, fue la de la República. Daniel dice haberla adorado sin reservas y no conservar mas que buenos recuerdos. Desde las ciencias naturales a la educación cívica, de las plumas “sargento primero” [7] mojadas en la tinta violeta al crujido de la tiza sobre la pizarra negra, del maestro severo pero justo al “ambiente Grand Meaulnes [8] en el patio de recreo”, describe la escuela pública de esa época como mitad cromo, mitad promesa. También le gustaban las colonias de la CGT donde pasaba seis semanas del verano, y el instituto donde las mentes se excitaban entre literatura, poesía y política.

En junio de 1960, estaba terminando el cuarto curso cuando su padre murió de cáncer. Nunca habló mucho de esta muerte precoz. El padre era “discreto de emociones”, el hijo también.

Era la época de la guerra de Argelia, del golpe de Estado gaullista, de las barricadas en Argel, de los atentados de la OAS [9]…, “acontecimientos” que dividían a los alumnos en dos campos. Con su mejor amigo, Bernard Tauber, hijo de un médico judío comunista y resistente, cuya casa fue volada por la OAS en 1961, y Annette, también hija de comunistas, de la que estaba enamorado desde quinto curso, emprendieron su formación política. Discusiones serias y febriles, entre paseos en bicicleta, encuentros con Armand Gatti [10], largas sesiones cargadas de humo hablando de Cuba o de cine. Tras la represión de Charonne crearon juntos un círculo de Juventudes Comunistas en el instituto Bellevue.

Ese fue el comienzo de un compromiso que continuó durante el curso preparatorio para el instituto Pierre-de-Fermat, al que entró en otoño de 1964.

Los nuevos conjurados

Con el conflicto chino-soviético como telón de fondo, la Declaración de La Habana y el Discurso de Argel en el que brillaba la estrella del Che, el tercer-mundismo hacía vibrar a la cuarentena de miembros de su círculo de empollones.

Aunque estaban lejos de Paris y de los debates de la Unión de Estudiantes Comunistas (UEC) -Gérard de Verbizier les informaba de su contenido-, tenían desacuerdos con la línea del partido y comenzaron a plantear algunas cuestiones molestas. Tauber volvió del congreso de la UEC en la primavera de 1965 convencido por la Oposición de Izquierda. Henri Weber bajó a Toulouse durante las vacaciones de Todos los Santos a hablarles del estalinismo. Se perfilaba su exclusión del partido, que se hizo efectiva en el siguiente congreso y, de la misma, se creó la Juventud Comunista Revolucionaria.

El grupo, varios de cuyos impulsores estaban vinculados a la IV Internacional, “apenas contaba con doscientos conjurados”, y el mayor, Alain Krivine, tenía 27 años. Daniel Bensaïd apenas tenía 20 y se sentía un poco en vilo, no ante los burócratas del partido, sino ante los comunistas del Bar de los Amigos o ante su primo Jean, obrero cegetista, que podían pensar que, una vez estudiante, había cambiado de campo.

Esa misma primavera, fue candidato (y después admitido) a la ENS (École normale supérieure) [11]de Saint-Cloud, en Letras modernas. En otoño de 1966 abandona Toulouse con pena, cuyo acento conservará siempre intacto como una especie de talismán,.

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Cazado por un fotógrafo
a su llegada a Paris… lo típico
de la época.

La llegada del provinciano a París, con su baúl y su desazón, es un tópico con un fondo de verdad. Cuenta Daniel que este primer año no le gustó la exaltación artificial de sus condiscípulos ; la atmósfera envarada y el ambiente cerrado y sofocante de la Escuela donde comunistas y maoístas rivalizaban en fórmulas dogmáticas.

Sin embargo, uno de ellos, Camille Scalabrino, un pelirrojo filiforme y voluble procedente de Besançon, sartriano declarado y apasionado aficionado al cine de Bergman, era diferente. En la facultad de Nanterre, en filosofía, veíamos desembarcar a este curioso dúo : Scala y sus atronadores “Por todos los dioses” y Bensa y sus graciosos “Boudiou [12].

El incendio del 68

La vida real transcurría fuera de la Escuela, en la universidad situada entre los barrios de chabolas y los terrenos baldíos de donde se expulsaba regularmente a los fascistas del grupo Occidente, en las manifestaciones contra la guerra del Vietnam, los debates de la Unef [13] y las numerosas reuniones de la JCR. El siguiente comienzo de curso estuvo marcado por la muerte del Che en Bolivia. En Italia, en Alemania y en otros lugares, el movimiento estudiantil ganaba amplitud, el ambiente era internacionalista y solidario contra el imperialismo.

El 21 de marzo, Xavier Langarde, militante de la JCR en Nanterre fue detenido durante una manifestación contra la sede de American Express. Al día siguiente, en la facultad, la protesta fue en aumento hasta la ocupación del despacho del decanato. Había nacido el movimiento 22 de marzo. La presión subió en abril, Martin Luther King fue asesinado en Memphis y Rudy Dutschke fue víctima de un atentado en Berlín. Se multiplicaron las manifestaciones y los mítines hasta el estallido y la huelga general de mayo y junio.

Mitin del 8 de mayo de 1968 en la Mutualité. De izquierda a derecha, Ernest Mandel, Daniel Con-Bendit, Henri Weber, Daniel Bensaïd y, ante último en la derecha, Alain Krivine.

La cronología de los acontecimientos de Mayo ha sido contada muchas veces. Daniel, como otros muchos, vivió este mes efervescente día a día, corriendo de una manifa a una reunión, “en una confusión comparable a la de Fabrice [14] en Waterloo”, decía, no sin autoironía. Conocemos también el epílogo. A finales de junio la JCR y otras organizaciones fueron disueltas y varios dirigentes, entre ellos Alain Krivine, se encontraban presos en la Santé.

Daniel Bensaïd y Henry Weber, escondidos en casa de Marguerite Duras en la calle Saint Benoît, escribían en caliente y a marchas forzadas un libro sobre los acontecimientos recientes que habían prometido a François Maspero. Su título, Mayo 68, una repetición general, refleja el estado de ánimo del momento, cuando parecía prepararse la revolución y una famosa consigna llamaba a “¡crear dos, tres, varios Vietnam !”.

De paso, Daniel, que había propuesto como tema de su tesis académica “La noción de crisis revolucionaria en Lenin” al muy comprensivo Henry Lefebvre (que también había aceptado mi “Teoría leninista de la organización”), enviaba su memoria. Un revoltijo propio de la época, de inspiración luckasiana, cruzado con Freud, Lacan, Greimas, pero en cualquier caso, revelador. Rehabilitaba el papel subjetivo de la vanguardia consciente frente el reino althusseriano de las estructuras objetivas.

Sol y cenizas

La cuestión de la relación entre lvanguardia y partido de masas era clásica y recurrente. Creo que para Daniel no era sólo una cuestión teórica y que en el fondo, vivía una tensión entre la nostalgia del universo popular del PC que había rodeado su juventud tolosana y la tentación de la aceleración izquierdista. La que él mismo defendió en un texto preparatorio del tercer congreso de la Liga Comunista (Boletín interno nº 30), titulado “¿Que no está planteado el problema del poder ? ¡Planteémoslo nosotros !”. Cuando menos, algo prematuro.

Fueron apareciendo señales duraderas de reflujo aquí y de represión allá. En febrero de 1972, el militante maoísta Pierre Ovenrey fue abatido por un vigilante frente la fábrica Renault-Billancourt ; sus funerales “fueron una especie de apoteosis melancólica y de adiós a las ilusiones líricas”. El año siguiente, tras una manifestación violenta contra un mitin racista de Orden Nuevo en la Mutualité el 21 de junio, la Ligue fue disuelta. A pesar de ello no desapareció y los riesgos corridos no tenían parangón con lo que estaba ocurriendo en América Latina.

1971, centenario de la Comuna de Paris : Henri Weber, Alain Krivine, Daniel Bensaïd y Charles Michaloux.

En setiembre de 1973, el golpe de Estado de Pinochet destrozó muchas esperanzas. Al mes siguiente, Daniel desembarcó en Buenos Aires, enviado para defender la posición mayoritaria de la IV Internacional a favor de la lucha armada. La huida hacia delante de aquellos pequeños grupos de militantes armados arrojados a la clandestinidad fue una tragedia ; muy pocos escaparon a la tortura y a la muerte. Los errores y los dolores de Argentina le dejaron un regusto a cenizas. Y también, decía, un sentimiento de deuda respecto a los vencidos “que dicta el imperativo de continuar, de no renunciar al menor revés, de no ceder al primer desánimo”.

Continuar, sí, ¿pero con qué estrategia ? Los resultados de la candidatura de Alain Krivine y de la campaña electoral de 1974 fueron decepcionantes y aunque el lanzamiento de Rouge diario galvanizó las energías, su abandono, en enero de 1979, por falta de medios, marcó el fin de una época.

“La historia nos muerde la nuca”, había soltado un día Daniel y la fórmula tuvo éxito, pero ya no tenía actualidad. Tanto en Francia como en Europa, “en el umbral de los años 1980, estaba claro que la lucha final ya no se planteaba para mañana, ni siquiera para pasado mañana”. En otros lugares, sin embargo, parecían esbozarse perspectivas : en Brasil, a la salida de la dictadura, el movimiento comenzaba a despegar con luchas sindicales, huelgas obreras, revueltas agrarias y agitación estudiantil. De 1980 a 1990, entre sus cursos en la universidad de Saint-Denis, la edición mensual de Inprecor (la revista de la IV Internacional) y las reuniones de la dirección de la “Cuarta” en Bruselas, Daniel viajaba a Brasil dos o tres veces al año. Se encontraba con los camaradas del grupo Democracia Socialista que publicaban la revista Em Tempo. Si los recuerdos de Argentina eran crepusculares, los de Río, Belo Horizonte y Porto Alegre eran soleados.

Contaba con júbilo cómo pasaba “horas y días charlando con grupos minúsculos, que emergían penosamente de su hibernación dictatorial, y siguiendo la prometedora eclosión del Partido de los Trabajadores”. Estaba naciendo un partido de masas, se abrían posibilidades tan vastas como este país-continente cuyas músicas y sabores tanto le gustaban, donde entabló sólidas amistades, pero al que no pudo volver durante mucho tiempo.

La lenta impaciencia

El comienzo de la siguiente década se ensombreció con el anuncio de su enfermedad. Tampoco Europa estaba en calma en esa época. El capitalismo pretendía reinar sin miramientos, mientras el socialismo parecía descalificado. Desde entonces, Daniel vivió en una tensión paradójica, un período de discordancia creativa.

Por un lado, el sida amenazaba con abreviar su vida : “Saberse mortal es una cosa. Otra distinta es experimentarlo y creérselo de veras. Las proporciones y las perspectivas temporales se modifican. Las especulaciones sobre lo lejano se vuelven fútiles. El presente, por el contrario, se viste con nuevos relieves. Se alcanza una especie de plenitud. Se intenta vivir al instante, según la inspiración y las ganas”.

Por otro, los vientos en contra y la evidencia era de que, hacia adelante, había que salvar lo esencial, las ideas de socialismo y de revolución, amenazadas por el hundimiento del estalinismo. Cuando muchos se alejaban o renunciaban al compromiso, pensaba que era importante no renunciar, saber esperar, continuar militando.

De un lado, la presión por la urgencia y el corto plazo amenazador ; de otro, la lenta impaciencia, la consciencia de que había que aprender la perspectiva del tiempo, reinventar la esperanza, hablar de la incertidumbre, de los posibles.

Comprender la perspectiva del tiempo era reanudar una vieja tradición judía vinculada a la memoria de los vencidos y fiel a las esperanzas de los perdedores. Una tradición atípica, heterodoxa, cuyas grandes figuras conjugan revuelta herética y racionalidad mesiánica. Contra el pretendido sentido inevitable de la historia que, con su tiempo mecánico y vacío, ahogaba toda verdadera responsabilidad, había que hacer frente a la incertidumbre, pensar en la fractura del acontecimiento, asumir la inquietud del presente y la obligación contraída con las expectativas del pasado.

Fue el encuentro con Walter Benjamin y, junto a él, con toda una constelación : de Blanqui a Péguy (recuperado de las lejanas lecturas recomendadas por el profesor partidario de Charles Maurrás al que había cogido afecto) al principio, y de Péguy a Sorel y a Bernard Lazare, después. Si el horizonte estaba plomizo, había que tomarse la libertad de buscar a través de vías trasversales : la “pista marrana” o las herejías populares detrás de la insumisión de Juana [de Arco].

La Casa de América Latina. De izquierda a derecha,m Edwy Plenel, François Maspero, Daniel Bensaïd y Regis Debray.

Había que tomarse, también, la libertad de escribir de otra forma y de cosas distintas a los textos para la intervención política. Antes de filósofo Daniel fue un literato, tenía el sentido de la forma, el gusto por la escritura, la apetencia por el texto tanto como por el concepto.

En tres años, en un período de transformaciones dolorosas, escribió tres libros profundamente originales e inspirados. Dos de ellos estaban consagrados a figuras femeninas rebeldes : la Revolución, encarnada en una lozana bicentenaria de verbo intransigente (Yo, la Revolución. Recuerdos de un bicentenario indigno, 1989) y Juana, la virgen rebelde (Juana, cansada de luchar, en 1991) sobre la que ronda la muerte. Textos magníficos aunque, sin duda, un poco ventrílocuos, al igual que el tercero (Walter Benjamin, centinela mesiánico,1990), al unísono con Walter Benjamin, con su escritura fragmentaria, sus fulgores y su sentido de lo trágico.

Una lectura estimulante de Marx

Salvar las ideas significaba, en primer lugar y ante todo, volver a Marx, desprenderle del caparazón doctrinario que lo había fosilizado, liberarlo de la vulgata y de los innumerables comentarios, volver a los textos e interrogarse sobre su actualidad. Durante varios años, con un grupo de estudiantes asiduos de la [universidad] Paris VIII, Daniel releyó y analizó El Capital, los Gründisse y las Teorías sobre la plusvalía, acumulando cantidad de notas en gruesos cuadernos encartonados.

Esta “estimulante lectura de Marx” condujo, a dos libros importantes en 1995 : La discordancia de los tiempos y Marx, el intempestivo. Del autor de El Capital, le gustaba que “el orden del concepto se incorpora al orden carnal del combate”, con sus opciones razonadas que apuntaban hacia la apertura de los posibles. Volvió a esta cuestión, de forma obstinada, en cada libro : en La apuesta melancólica en 1997, en el Elogio de la resistencia en los tiempos que corren en 1998, y en muchos más. Uno al año, y a veces dos, no dudando en cambiar de forma, como en el exquisito Resistencias. Ensayo de topología general, ilustrado por Wiaz o el pedagógico Marx, manual, ilustrado por Charb.

5 de febrero de 2009, intervención de Daniel Bensaïd en el congreso de disolución de la LCR. Photothèque Rouge/Franck Houlgatte.

A veces se le veía débil y cansado, pero seguía testarudo, cautivando, forzando la admiración sin buscarla nunca. Por mucho que le costase, iba a dar sus cursos en Saint-Denis los jueves. Animaba las “sociedades discretas”, esos círculos de debate amistoso y teórico que había contribuido a crear : la Sociedad por la resistencia en los tiempos que corren (Sprat) y más tarde la Sociedad Louise Michel. Sin contar innumerables artículos, sobre todo para la revista Contretemps, que había fundado en 2001, o sus intervenciones en las universidades de verano de la LCR, después del NPA, hasta la última, en otoño de 2009, cuando la enfermedad comenzaba a vencerle.

La apuesta por el compromiso se teñía de melancolía en los malos tiempos y no excluía las dudas. Daniel se preguntaba, a veces, si en verdad la política era “lo suyo” o si su vocación era la filosofía. No tenía ninguna duda, en cambio, sobre la necesidad de militar para cambiar el mundo, sobre la fidelidad debida a las antiguas resistencias, a los heréticos de todos los países, a los clientes habituales del Bar de los Amigos. El penúltimo capítulo de Una lenta impaciencia se titula “Fin y continuación”, como un guiño y una invitación a seguir. Porque, decía Paul Valery, al que gustaba citar : “está en cuestión el porvenir del pasado”.

Junio 2012

Nicole Lapierre, socio-antropóloga. Conoció a Daniel en 1967 en Filosofía de la Universidad de Nanterre y en la JCR. Publicó su autobiografía, Una lenta impaciencia (2004), en la colección “Un orden de ideas”, que dirige en Stock.

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Notes

[1] L’Équipe es un periódico deportivo.

[2] Communard, participante en la Comuna de París de 1871.

[3] Le Temps des cerises, “El tiempo de las cerezas”, es una canción, con texto de Jean-Baptiste Clément y música de Antoine Renard, muy asociada a los acontecimientos de la Comuna de Paris de 1871.

[4] La “Drôle Guerra”, la Guerra Falsa o Guerra de Broma, se refiere a las primeras batallas de la Segunda Guerra Mundial, desde el 3 de setiembre de 1939 en que Francia e Inglaterra declararon la guerra a Alemania, hasta la invasión alemana de Francia el 10 de mayo de 1940 y el armisticio del 22 de junio.

[5] Drancy, campo de concentración cercano a París, donde los nazis concentraron a judíos, gitanos y otros prisioneros, antes de enviarlos a campos de exterminio. Se estima que 63.000 de los 65.000 judíos deportados a Drancy fueron asesinados.

[6] Sans famille, Sin Familia, es una novela de Hector Malot, de 1878. Les Misérables es una obra de Victor Hugo.

[7] Sergent-major [sargento primero], modelo de plumas utilizadas en la escuela pública francesa hasta los años 1960 para aprender a escribir.

[8] Grand Meaulnes, novela de Alain Fournier.

[9] OAS, Organización del Ejército Secreto, organización de extrema derecha que se opuso con acciones terroristas a la independencia de Argelia.

[10] Armand Gatti, dramaturgo francés, vinculado con la Resistencia y con luchas de países del Tercer Mundo.

[11] ENS, École normale supérieure, Escuela Normal Superior.

[12] Boudiou, juramento en argot (patois) : Bon Dieu !, ¡Santo Dios !

[13] UNEF, Union nationale d’étudiants de France, sindicato estudiantil.

[14] Fabrice, protagonista de la novela de Stendhal, La cartuja de Parma.